Veus refugiades

Rita Sara Alonso, Vacivus

foto Fotografía de Stoyan Nenov 

Un preso romano. Saliendo de la arena. Ha perdido contra el león y el César, comiendo uvas y con su corona de laureles, ha bajado el pulgar y le llevan a matar. Le va a devorar un león. O un niño. Se ha electrocutado mientras subía a una torre de control en una estación de tren cerca de Grecia. Ha perdido. Ha sentido como una serpiente de electrones veloces se metía dentro de él y le bajaba de la torre, de golpe, pum. Y la mano, en la espalda. El golpecito de vamos, ya lo volverás a intentar. Lo importante siempre es participar. El César no te va a matar, va a dejar que el león te huela, te lama la mano y justo cuando se calme la fiera, te meta un mordisco y ya no puedas jugar más.

Es difícil conocer la ira. El enfado está cada día en los colegios, en las casas de la gente cansada y en los callejones. La ira, en cambio, se esconde más. Según Platón, se guarda en el pecho, y solo los más fuertes, cuando es debido, deben hacer uso de ella. El niño, que ya no lo es tanto pero aún tiene rastros de que lo fue, esconde la ira en sus ojos. Fijémonos bien. En cualquier momento va a deshacerse de los dos pares de manos que le tocan, va a saltar hacia la cámara y va a descubrirnos sus dientes felinos. O así parece. El filósofo también decía, así se cree, que cuando la ira domina al hombre, la parte más racional de este se apacigua y nos convertimos poco a poco en animales. El hombre inteligente y justo se va, dando como resultado a una bestia. Nos podríamos preguntar por qué esa cara ¿Y las lágrimas, niño? Ahí está, el niño se ha ido, ya no es él. El niño, que como todo niño tiene su pequeña y compleja mente, se ha marchado de vacaciones. Sus lazos con sus compañeros de clase se han ido. El aburrimiento de hacer sus deberes se ha ido. El qué quiere ser de mayor, se ha ido. Sus sueños más emocionantes y dulces se han ido. El calor de su madre en un día triste se ha fugado. El miedo a la oscuridad del pasillo de su casa se ha marchado. La comodidad en el vientre al hacer sus aficiones y la pereza en los pies al hacer sus tareas domésticas se han dado a la fuga. El irse a dormir sin plantearse un mañana diferente ya no está. Ya no hay regalo, solo papel de envoltorio. No pesa, no ocupa, no siente. Solo queda su cuerpo, abandonado, lleno de una energía que se carga más y más cuando se da cuenta de lo que realmente pasa.

Al niño le han dado un puntapié en la espalda y le han echado de su casa, sin preguntar. Siquiera un aviso, una nota en el buzón. Y se ha ido a buscar otra. Pero no le quieren allí. Y se preguntaran si es motivo suficiente para la ira. Puede que no. Puede que la ira venga cuando el niño piensa que allá donde quiere ir no quieren todo lo que él puede dar. No quieren sus capacidades, su mente, sus manos curtidas y sus ojos. No quieren que ayude, porque no tienen espacio para tanto futuro. La ira viene, amigos, cuando el niño se da cuenta que no hay espacio en el mundo para él. No para su cuerpo, tampoco para todo lo que ha construido durante toda su vida. La hospitalidad es tan efectiva como la electricidad de una torre de control, le ha dejado vacío. Y su cuerpo vaga desorientado y lleno de sangre que calienta su sien mientras todo lo que le forma ha asumido que nadie le quiere y se ha marchado, bien lejos.

Puede que algún día todo aquello vuelva. Quizás a nuestro niño le laven y le curen la cabeza y todo aquello que le forma, y que jamás sabremos detallar, se reinstale en él. Y sea una persona con sueños y aspiraciones, con miedo a lo desconocido y amor por su familiaridad. Pero siempre será alguien a quien el mundo cerró sus puertas. Y esa es una situación que ni el mejor antibiótico puede sanar.

Platón comentaba, en algún lugar que ahora no quedaría muy lejos de una torre de control electrificada, alguna tarde, que en un país justo, cada hombre hace lo que le es propio. Y así, se forman los hombres justos. Hablaba de valor, temperamento e inteligencia. Hablaba, distraído, de que un hombre justo, por definición, no puede cometer injusticia. Y que si lo hace, es un hombre inculto, porque no conoce el bien. Le podríamos preguntar al niño qué entiende por injusticia. Vivimos en un mundo inculto. En un mundo cobarde, ansioso y tonto. Tan tonto que no ve que cada ser humano tiene unas cosas que le hacen vivir. Una familia, un pequeño y maravilloso ecosistema, un deseo, universal, de hacer más y mejor. Que no ve que cada ser humano ha crecido y ha vivido horas y segundos, y ha vivido cosas, cosas que le hacen ser quién es. Y que ningún otro hombre con dignidad tiene el derecho a arrebatarle eso a nadie, ni a un niño. Aunque solo sea uno entre billones.

Dentro de unos años se inaugurará alguna estatua en Barcelona en memoria de la terrible pérdida de miles de refugiados que no encontraron refugio. Mientras leamos la noticia, sentados en el metro una mañana, mientras nuestros ojos vagan por la pantalla del móvil, puede que nos llegue a pasar algo. Que distraídos, levantemos la mirada y ahí estén estos ojos, en el asiento de en frente. Y la fiera saltará. Nos devorará ahí mismo y pediremos nosotros ayuda al César, suplicando clemencia. Pero señores, la historia nos demuestra que el pulgar siempre, inevitablemente, señala hacia el suelo.

Alfredo Molano, exiliat colombià periodista, sociòleg i escriptor, escrivia sobre els seus primers dies d’exili a Barcelona:

Los primeros pasos los di como un animal enjaulado y no quise salir del apartamento hasta unos días después. Lo hice con miedo, y sólo para mirar alrededor del lugar donde vivía. Me daba miedo alejarme del sitio que ya comenzaba a colonizar, donde tenía mi cama, mi ropa, mis zapatos.
Sentía que más allá de unas pocas cuadras caía en un mare ignotum; sentía como si una muralla me impidiera ir muy lejos. Sólo unos días después, cuando ya sabía dónde estaban el mercado, la lavandería, el bar, dónde vendían el periódico, me atreví a salir de ese primer círculo y pasear por las Ramblas, sentarme en un café, coger un bus, montar en metro. Quizás pude comenzar a conocer ese nuevo mundo cuando quise escribir sobre él para mis amigos.”

Un silencio Negro, por Alfredo Molano.

Mario Benedetti, exiliat arran la dictadura a l’Uruguay, escrivia sobre l’exili:

Lo esencial es adaptarse. Ya sé que a esta edad es difícil. Casi imposible. Y sin embargo. Después de todo, mi exilio es mío. No todos tienen un exilio propio. A mí quisieron encajarme uno ajeno. Vano intento. Lo convertí en mío. ¿Cómo fue? Eso no importa. No es un secreto ni una revelación. Yo diría que hay que empezar a apoderarse de las calles. De las esquinas. Del cielo. De los cafés. Del sol y, lo que es más importante, de la sombra.
Cuando uno llega a percibir que una calle no le es extranjera, sólo entonces la calle deja de mirarlo a uno como a un extraño. Y así con todo. Al principio yo andaba con un bastón, como quizá corresponda a mis sesenta y siete años. Pero no era cosa de la edad. Era una consecuencia del desaliento.

Allá, siempre había hecho el mismo camino para volver a casa. Y aquí echaba eso de menos. La gente no comprende ese tipo de nostalgia. Creen que la nostalgia sólo tiene que ver con cielos y árboles y mujeres. A lo sumo, con militancia política. La patria, en fin. Pero yo siempre tuve nostalgias más grises, más opacas. Por ejemplo, ésa. El camino de vuelta a casa. Una tranquilidad, un sosiego, saber qué viene después de cada esquina, de cada farol, de cada quiosco.”

Don Rafael (Derrota y Derrotero). Primavera con Esquina rota (1982)

María Zambrano, exiliada espanyola al 1939 primer a França i després a Mèxic, Puerto Rico i Cuba, escrivia sobre l’experiència de l’exili i sobre la necessitat d’aportar a la nova societat en que es continua el projecte vital:

Hubo gentes que nos abrieron su puerta y nos sentaron en su mesa, y nos ofrecieron agasajo, y aún más. Éramos huéspedes, invitados. Ni siquiera fuimos acogidos en ninguna de ellas como lo que éramos, mendigos, náufragos que la tempestad arroja a una playa como desecho, que es a la vez un tesoro. Nadie quiso saber que íbamos pidiendo. Creían que íbamos pidiendo porque nos daban muchas cosas, nos colmaban de dones, nos cubrían, como para no vernos, con su generosidad. Pero nosotros no pedíamos eso, pedíamos que nos dejaran dar. Porque llevábamos algo que allí, allá, donde fuera, no tenían; algo que solamente tiene el que ha sido arrancado de raíz, el errante, el que se encuentra un día sin nada bajo el cielo y sin tierra; el que ha sentido el peso del cielo sin tierra que lo sostenga .”

Pàgs. 90-91 de ZAMBRANO, M. (1993) La tumba de Antígona. Ediciones Ensayo. Mondadori y Bolsillo

Eduardo Galeano, escriptor exiliat de la Dictadura de l’Uruguai a Barcelona, escrivia sobre la burocràcia dels tràmits:

La dictadura militar me negaba el pasaporte, como a muchos miles de uruguayos, y yo estaba condenado a pena de trámite perpetuo en el Departamento de Extranjeros de la policía de Barcelona.
¿Profesión? Escritor, escribí, de formularios.
Aquel día, yo no daba más. Estaba harto de las colas de horas en la calle y harto de los burócratas a quienes ni siquiera podía verles la cara:
– Esos formularios no sirven.
– Me los dieron aquí.
– ¿Cuándo?
– La semana pasada.
– Ahora hay formularios nuevos.
– ¿Me los puede dar?
– No tengo.
– ¿Y dónde los consigo?
– No sé. Que pase el siguiente.
Y después faltaban unos timbres, y en ningún estanco vendían esos timbres que faltaban, y yo había llevado dos fotos y eran tres, y las máquinas de sacar fotos funcionaban con monedas de veinticinco y ese día no había una sola moneda de veinticinco en toda la ciudad de Barcelona.
Ya estaba anocheciendo cuando por fin subí al tren, hacia mi casa de Calella de la Costa. Yo estaba reventado. Apenas me senté, me quedé dormido.
Me despertó un golpecito en el hombro. Abrí los ojos y vi a un tipo estrafalario, vestido con un pijama en harapos:
– ¡Pasaporte!
El loco había cortado en pedacitos una cochina hoja de periódico, y estaba repartiendo los trocitos, de vagón en vagón, entre los pasajeros del tren:
-¡Pasaporte! ¡Pasaporte!

Eduardo Galeano. El libro de los abrazos (1989)

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